Torre Latino

A veces me imagino que son las 11 de la mañana del 16 de agosto del 2025, deambulo en las calles del centro de la CDMX con un poco de resaca después de haber ido al concierto de Ca7riel y Paco Amoroso la noche anterior. Pequeños pulsos de adrenalina aún corren por mi cuerpo. Me detengo en un puesto callejero de libros usados, donde hace unos años conseguí El Arco y la Lira por 200 pesos. Entre los libros viejos encuentro una edición de Rayuela que nunca había visto. Lo tomo para verlo cuando una voz me interrumpe:

-Rashuela, eh?

-Eh? Sí... -Volteo y me topo con esos ojos color avellana, pero hago como si nada. 

-Solía tocar en una banda que tenía una canción llamada igual que uno de los personajes de ese libro.

-¿Horacio? -digo yo, sabiendo que la respuesta es incorrecta. 

-No, La Maga. 

Sonreímos. 

La plática sigue y decidimos ir a comer un pan con café al Sanborns de talavera. Después vamos al Templo Mayor y le cuento un poco de historia, mientras dejo que me cuente otro poco de sus historias. Subimos a la Torre Latino. Vemos la ciudad desde arriba, mientras el ceba el mate y hablamos del tiempo, de lo relativo, de 1993, del 2017 y del 2019 obviamente, de los años que han pasado para llegar a ese momento, ¡que irónico! que sinsentido. La noche llega pronto. Vamos a la pulquería Insurgentes mientras algo me dice de Borges y de la revolución que la música necesita, mientras yo le cuento de Sabines, y de la revolución que la literatura necesita. Sin darnos cuenta son las 11 y me dice "ven, ya mero es mi cumpleaños", caminamos entre calles y llegamos a un sitio en un sótano, luces neón, entramos pero luego entramos a otro lugar adentro de ese sitio. Suena música de jazz, acid jazz. Pienso en lo relativo del tiempo y del espacio, en la literatura y en la música, en la distancia y los kilómetros, en la realidad y esta ficción, en la Torre Latino, como si fuera ahí el portal donde surgiera todo esto, donde termina todo esto.

 

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