Prosa I

Soñaba con un mundo en el que se regalaban los "Te Amo", en dónde no costaba más que decirlo. Iba por el mundo sonriendo, saltando la cuerda y "amando" a todos. Miraba sonriente al sol, al viento, a los muchachos... No creía que tuviera consecuencias su dedicación.
¿Que a qué se dedicaba? Era amante de profesión.
Lo traía en la sangre, su abuela había sido casi un espíritu de vida para plantas y una coleccionista de corazones en verano. Solía tener un cuarto de frascos llenos de alcohol para embriagar a los corazones atrapados. Pero esto no lo sabía la chica.
Un día salió de su cuarto y se dirigió al balcón del ala norte, la casa era muy grande pero muy iluminada y al girar en una esquina, lo encontró.
Estaba como pasmado en un banco de madera, se veía pálido pero de labios cálidos, me gustaría decir que casi lucía perdido, pero sería mentira.
Cuando él sintió su presencia volteó a través de la ventana y su rostro se iluminó. No, no era la luz del sol, era la luz de su sonrisa. La saludó.
Ella no podía creerlo, no sabía a pesar de tanto tiempo de vivir ahí que él existiera. Sonrió por inercia  por que no solo ella sintió algo, sino también cada una de las gotas de su sangre, sus músculos de la cara parecían caballos salvajes, y aunque quiso evitarlo, su sonrisa se rebeló.
Se miraron menos de un segundo, pero pareció una eternidad. Cada uno en la mirada del otro, sintieron volver a nacer, y sintieron como crecían, felices, corriendo, gozando... y casi pudieron sentir como envejecían juntos, y al final, en el último instante, algo explotó: la muerte.
Una muerte juntos, más llena de pasión y entrega que la que cabe en 100 años, eso... fue lo que causó la sonrisa.
Se enamoraron.

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