Quetzalcoatl Automotriz

Como todas mis historias, ésta empieza con una casualidad. 

(...)

Aún recuerdo la primer canción que tocaron, fue de ese tipo de música que se te impregna en la piel, en los oídos, en los sentidos… El ritmo de la batería, en especial, sonaba muy bien, resaltaba sobre los demás instrumentos, y hacía mucha armonía con la voz de la vocal. Me llamó la atención el baterista, así que cuando terminaron de tocar, me acerque a la vocal:

-Oye, disculpa, tu baterista está muy guapo, ¿cómo se llama? – a lo que ella se rió, y me dijo: -Es niña. Y entonces le dije: Tu baterista está muy guapa, ¿cómo se llama? –pero no me quizó decir, tal vez lo tenía prohibido, lo que si sé es que Ella, la baterista, volteó a verme y se reía, sonreía muy bonito, y no dejaba de verme. Estaba ahí arriba de la tarima, llevando el ritmo de la música, en la cima, lejana, justo dónde nadie podía tocarla, dejándose ver por todos, sin pudor, sin miedo, como un dios, o una diosa que quieren demostrar su hermosura y sus talentos.  Tenía talento, eso es obvio, y de lo hermosa, no me queda duda.  Bajamos, porque ya nos íbamos, pero sentí que no podía quedarme así. Regresé a pedirle el face de Ella a la vocal, pero nuevamente,, no dijo nada. Y Ella, allá arriba, mirándome con los ojos más brillantes, con la cara más limpia, con el mejor cabello, mirándome y sonriendo como las aves cuando vuelan presumiendo sus alas, sus piruetas, sus melodías, sus ritmos…

Desde ese día, no tengo corazón. Ella lo tiene. O al menos a eso estoy dispuesta, a entregárselo, entregárselo Cada mañana, a hacerla sonreír brillantemente, a abrazarla, cantarle, contarle, soñarle… No me importa si es Javier, o si es Viri, sólo quiero conocerla un poquito más.

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