Días Perfectos

15 de mayo de 2014

¿Recuerdas aquel llavero que me trajiste cuando fuiste a ver a tu hermana? Era un minero en color oro viejo, que cargaba un taladro entre sus brazos. No te dije en ese momento, pero me gustó porque me recordaba mi carrera, y porque me lo dabas tú… Era como un conjunto de gustos y recuerdos acumulados de pronto, en un solo objeto.
A la semana de que me lo diste, se rompió. No me había dado cuenta que estaba colgando de mi mochila y en un giro brusco cayó al suelo con todo y llaves. Se le rompió el cuello al pobre hombre, partiendo en dos su figura, quedando de un lado un cuerpo frió y sin cabeza, y del otro la cabeza unida por una argolla al cartel que tenía encima en el que se leía: REAL DEL MONTE.
Había escuchado alguna vez una creencia urbana que contaba que si alguien que estará en tu vida un buen tiempo te regala un obsequio, éste se conserva por más tiempo del esperado. Más si esa persona no estará contigo, el regalo se rompe en muy poco tiempo. El día que se rompió el llavero, supe sin más, que te irías, si no es que ya te estabas yendo.




Hoy pegué el llavero que me diste. A ver si así puedo pegar los pedazos de mi alma, o tal vez armar el rompecabezas de recuerdos que me dejaste regados por doquier cuando te fuiste sin irte… A ver si así te traigo de regreso aunque sea un ratito… aunque sea a tu fantasma, para que mire que se fueron las aves de mi cuarto; pero me dejaron tu retrato estampado en la pared, y así, entre sus lodos y sus mierdas, está tu carita blanca, hermosa e intocable como la Diosa que fuiste, valiente y obstinada como la mujer que eres… ni ave, ni pez, como el híbrido que siempre te empeñaste en ser.


Guárdame unos besos, Chulita. Llename una botella con ellos y dámela a beber cuando me este muriendo… 

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